martes, 13 de mayo de 2008

Así debe ser amar…


Llovía. Paseando por las calles más estrechas de la ciudad llegué a un callejón sin salida.
A punto estaba de volver sobre mis pasos cuando, de una pequeña puerta, asomó un anciano que me invitaba a entrar. Como a veces la curiosidad se alía con el tiempo libre, dejé a un lado el miedo y los prejuicios y entré por la puerta.

Sin mediar palabra, el anciano me condujo hacia otra puerta que daba al jardín más hermoso que he visto. El sol abrió el cielo. En el centro del jardín junto a dos inmensos abedules, rodeados de helechos e iris violetas y amarillos, había un estanque. El anciano me hizo gestos para que mirase en el agua. Así lo hice.

Al principio no vi más que mi propio reflejo sobre las inquietas aguas del estanque. Algunas gotas se deslizaban desde las hojas de los abedules y se zambullían en el agua. No fue hasta pasados unos minutos cuando la superficie del agua se calmó y pude ver el fondo del estanque, más allá de mi reflejo. Una especie de texto poético, escrito en una bonita caligrafía dorada, llenaba el centro del estanque. Admirado por lo que se me daba a contemplar, reproduzco aquí las palabras que con gran entusiasmo memoricé para poder compartirlas con quien quisiera escucharlas:

Respiraremos y comeremos como si el aire y los alimentos fuesen materias sagradas que nos nutren y sustentan.
Escucharemos a los demás como si nos hablase el hombre más sabio del universo y sus palabras fuesen gotas de sabiduría.
Hablaremos como si supiésemos que lo que decimos es reflejo de lo que somos.
Reiremos como si sólo existiese el presente.
Bailaremos como si nadie nos estuviese mirando.
Aprenderemos todo lo que podamos como si nuestra vida fuese infinita.

Compartiremos lo que sepamos, regalando nuestro tesoro más valioso: la experiencia.
Daremos las gracias por cada suceso, cada encuentro, cada situación, como si todo fuese un viaje planeado para nuestro crecimiento interior.
Perdonaremos aquellas pequeñas cosas que nos parezcan imperfecciones de los demás,
como si nosotros mismos tampoco fuésemos perfectos y supiésemos que, tarde o temprano, necesitaremos del perdón de los demás.

Lloraremos sin empequeñecernos, saboreando el gozo de poder sentir.
Compartiremos nuestra alegría como quien sabe que si la alegría no nos inunda a todos, nunca será una alegría completa.
Perderemos, nos caeremos, erraremos las veces que haga falta sin apego al afán de perfección, porque nunca jamás fallamos en la vida,
simplemente tardamos más o menos en conseguir los objetivos que debemos alcanzar.

Viviremos con intensidad y conciencia, como si mañana no fuésemos a estar aquí. Aceptaremos la muerte con valor, como si fuese un cambio de vigilia a sueño.
Y, lo más importante de todo, amaremos como si nunca una brizna de dolor, desengaño o decepción nos hubiese tocado el corazón.
Porque el mundo que nos rodea se merece nuestro amor
y nosotros nos merecemos la máxima felicidad.
Así es como debe ser y será.


Quizás no hace falta decir que estas frases han cambiado mi vida. Cada mañana despierto consciente de que si logro cumplir con al menos una de las frases, ese día habrá valido la pena. A veces me despisto y se me olvidan… pero de repente encuentro algo, un aroma, una imagen, una canción, cualquier cosa que me hace recordar lo olvidado y seguir trabajando, con satisfacción, por vivir con la máxima felicidad. Así es como debe ser y así es.

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