lunes, 30 de junio de 2008
Yo quiero ser delfín
¿Sabeis que los delfines son la única especie, junto con el ser humano, que hace el amor por placer y no sólo confines procreativos?
Los delfines duermen de forma muy peculiar: cierran un ojo y descansa un hemisferio cerebral mientras el otro se mantiene despierto. En este estado de semidormido pueden seguir nadando y están vigilantes ante cualquier suceso. Van alternando el hemisferio que reposa y así es como duermen. ¿Genial, verdad?
Además de bonitos y graciosos saben divertirse y jugar por el placer de pasárselo bien y reír!
Son de los pocos animales, junto con los simios, capaces de imitar al ser humano. Su inteligencia está altamente desarrollada y son capaces de pensar. Entre otras cosas, usan elaboradas estrategias grupales para pescar,son capaces de aprender a entender el lenguaje de los signos usados por los sordomudos, han sido y son utilizados como soldados por el ejército norteamericano y se han identificado nombres propios para los miembros de su grupo en su lenguaje. Son tan simpáticos que incluso se utilizan para ayudar a gente con problemas, así se ha creado la delfinoterapia que, según wikipedia, "es una técnica mediante la cual, con la ayuda de un terapeuta, se intenta mejorar la calidad de vida de niños que padecen discapacidades relacionadas con el Sistema Nervioso Central. También se aplica a adultos en proceso de desintoxicación de drogas, con personas depresivas, estresadas e incluso con embarazadas."
En fin, de no ser humano, yo querría ser delfín.
sábado, 28 de junio de 2008
Bailemos la vida juntos
Me parece genial vivir en un mundo donde hay gente capaz de emplear su energía en hacer esto. Dedicado a todos los que prefieren bailar antes que insultar, que juzgar a los demás y hablar mal de la gente. PD: Este tipo hace lo mismo que yo cuando me traen la cuenta en un restaurante.
martes, 24 de junio de 2008
lunes, 23 de junio de 2008
The happening

M. Night Shyamalan (El sexto Sentido, El Protegido, Señales, El Bosque, La Joven del Agua), escribe, produce y dirige este nuevo film de suspense que hará las delicias de sus fans. Sin desvelar nada esencial del argumento diré que de nuevo tenemos una estructura muy similar a Pájaros de Alfred Hitchcock. Parece que tras las críticas recibidas a propósito de La joven del Agua en la que abandonó el género que le ha hecho famoso para contarnos un entretenido cuento infantil, Shyamalan ha vuelto a su terreno rehaciendo uno de sus anteriores films: Señales (2002). Quizás los aciertos no son tantos como en aquel film pero los fallos intentan desde luego ser menos. Eso sí, el argumento ahora es mucho más original y terrestre. Algo extraño ocurre desde el principio (es sorprendente la rapidez con la que el autor nos introduce en la situación anómala) y a partir de aquí nos mantiene en suspenso con más muertes de las habituales y alguna que otra escena magistralmente concebida (ya los créditos iniciales, nuevamente, me parecen de una sencillez y genialidad admirables).
La historia en sí, pese a calcar el esquema de guión de Señales, tener pasajes comunes con, por ejemplo, la reciente 28 semanas después (sobretodo el final) e incluso autoplagiarse en ciertos momentos, decía que la historia parte de una idea altamente original y con un claro mensaje social (como ya ocurría con El Bosque). Aún así tiene ciertas carencias e intentando solventar fallos que se le achacaban a algunos de sus anteriores guiones incurre en errores nuevos pero, aún así, creo que se trata de un muy buen film. No pasará a la historia (como si lo hizo El Sexto Sentido, récord extraordinario de taquilla y de aceptación de crítica y público) ni se trata de una obra maestra pero probablemente está entre las dos o tres mejores películas norteamericanas que vamos a recibir este 2008. De todas formas cierto es que el rasero con el que se miden las películas de Shyamalan es diferente al resto. Tan alto ha dejado el listón en varias ocasiones que la tendencia es esperar que si no lo supera, al menos lo iguale.
En cuanto a la banda sonora una vez más James Newton Howard forma un gran tándem con Shyamalan y crea una atmósfera musical que nos atrapa durante todo el film sin que nos demos cuenta.
Esta vez es Mark Wahlberg (Tres Reyes, The Italian Job, Infiltrados) el protagonista de la historia y la chica que le acompaña es una poco conocida Zooey Deschanel (papeles secundarios en El asesinato de Jesse James..., Un puente a Terabithia, Elf, la serie de tv Weeds). Las interpretaciones en los films de Shyamalan nunca serán de Oscar y, seguramente, se acerquen más a los Razzies. No sólo por los personajes arquetípicos heróicos que suelen protagonizar sus historias sino porque las líneas de diálogo y las escenas normalmente no dan mucho juego a brillantes actuaciones. Wahlberg resulta tan adecuado para el papel como lo hubiese sido Joaquin Phoenix, Paul Giamatti o cualquiera de los actores que han trabajado con Night. Durante todo el metraje el simpático profesor de ciencias aparece con cara de estar calculando la raíz cúbica de 20945 y no es ni más ni menos que lo que se necesita.
En fin, tras disfrutar de la emoción de The happening - El Incidente, no queda más que volverla a repasar mientras esperamos su próximo film.
La historia en sí, pese a calcar el esquema de guión de Señales, tener pasajes comunes con, por ejemplo, la reciente 28 semanas después (sobretodo el final) e incluso autoplagiarse en ciertos momentos, decía que la historia parte de una idea altamente original y con un claro mensaje social (como ya ocurría con El Bosque). Aún así tiene ciertas carencias e intentando solventar fallos que se le achacaban a algunos de sus anteriores guiones incurre en errores nuevos pero, aún así, creo que se trata de un muy buen film. No pasará a la historia (como si lo hizo El Sexto Sentido, récord extraordinario de taquilla y de aceptación de crítica y público) ni se trata de una obra maestra pero probablemente está entre las dos o tres mejores películas norteamericanas que vamos a recibir este 2008. De todas formas cierto es que el rasero con el que se miden las películas de Shyamalan es diferente al resto. Tan alto ha dejado el listón en varias ocasiones que la tendencia es esperar que si no lo supera, al menos lo iguale.
En cuanto a la banda sonora una vez más James Newton Howard forma un gran tándem con Shyamalan y crea una atmósfera musical que nos atrapa durante todo el film sin que nos demos cuenta.
Esta vez es Mark Wahlberg (Tres Reyes, The Italian Job, Infiltrados) el protagonista de la historia y la chica que le acompaña es una poco conocida Zooey Deschanel (papeles secundarios en El asesinato de Jesse James..., Un puente a Terabithia, Elf, la serie de tv Weeds). Las interpretaciones en los films de Shyamalan nunca serán de Oscar y, seguramente, se acerquen más a los Razzies. No sólo por los personajes arquetípicos heróicos que suelen protagonizar sus historias sino porque las líneas de diálogo y las escenas normalmente no dan mucho juego a brillantes actuaciones. Wahlberg resulta tan adecuado para el papel como lo hubiese sido Joaquin Phoenix, Paul Giamatti o cualquiera de los actores que han trabajado con Night. Durante todo el metraje el simpático profesor de ciencias aparece con cara de estar calculando la raíz cúbica de 20945 y no es ni más ni menos que lo que se necesita.
En fin, tras disfrutar de la emoción de The happening - El Incidente, no queda más que volverla a repasar mientras esperamos su próximo film.
martes, 10 de junio de 2008
Superhéroes en el bus
Los tiempos cambian y las gentes también. El otro día, en el autobús, observé a la gente que me rodeaba…
Había un hombre postrado en una de esas sillas de ruedas con motor, tenía algún tipo de malformación corporal. Me dio por pensar cómo debía ser su vida, su día a día. Para mí entrar en el autobús fue cosa de subir tres escalones, validar el ticket de transporte y cruzar entre la gente hasta hacerme un hueco en un rincón. Para él subir al autobús fue el inicio de una pequeña aventura: rampa para subir, esperar que no hubiese muchos cochecitos ocupando su espacio, sentir en su ser la cortesía (o esa sensación de estar molestando) de la gente apartándose para dejarle sitio, a la hora de bajar solicitar la rampa con antelación mediante el botón correspondiente, esperar a que todo el mundo baje y maniobrar hasta fuera. Y damos gracias a que hoy en día los espacios públicos cada vez están más adaptados para los discapacitados. Ese hombre personificaba la voluntad, el esfuerzo, la humildad, la fuerza de mantenerse entero ante las contínuas miradas del resto de la gente, esas miradas desde arriba, miradas que por más tiernas que sean le subrayan su diferencia…
Había también una mujer con un niño pequeño en brazos, otro bebé en el cochecito, y una niña de unos seis años agarrada a una de sus piernas. En aquel momento estaban tranquilos, no lloraban, no tenían hambre, no tenían sed, no querían ningún juguete de un escaparate ni golosinas, una apacible calma reinaba en esa camada numerosa. En los ojos de la madre se veían noches sin dormir, cientos de desayunos, comidas y cenas a cuestas, viajes a pediatras, guarderías, compras de ropa, medicamentos, alimentos, etc. Esa mujer era la madre universal: cariño, responsabilidad, fuerza y, sobretodo, paciencia, mucha paciencia…
Junto a mi había dos jóvenes que habían subido en la parada del tanatorio. Iban vestidos de oscuro y estaban en silencio, serios. Sus rasgos faciales hacían pensar que quizás eran hermanos o primos y, por la aureola de pesar que les envolvía, seguramente venían del funeral de algún amigo o familiar. La vida seguía para ellos sintiendo que su equipo había sufrido una baja. Porque sí. Porque nos vamos yendo mientras el resto se quedan. Y la vida sigue como si nada hubiese cambiado, como si el verano, las rebajas o los puentes aéreos no guardasen duelo por nuestro ser querido. Y eso es algo incomprensible para el que sufre esa pérdida. ¿Cómo pueden seguir circulando los autobuses si acabamos de enterrar a alguien tan importante para nuestras vidas? La integridad, la serenidad, la resistencia cubrían a los presuntos hermanos.
Y entonces fue cuando me di cuenta de que estaba rodeado de auténticos superhéroes. La gente que usa sus virtudes, valores y talentos para no hundirse ante los reveses del destino o las pruebas que la vida nos hace pasar. Batman, ese héroe que se arma de capa y antifaz motivado por la venganza y el dolor que le causa el asesinato de sus padres, ya no me parecía tan fabuloso. Superman con sus poderes extraordinarios no parecía tan poderoso comparado con aquellos héroes reales que habían nacido en mi mismo planeta. Hulk, aquel personaje que adquiría su fuerza sobrehumana al entrar en contacto con la ira y la rabia, tampoco parecía un ejemplo a seguir comparado con la gente del autobús. Y así podríamos seguir repasando los diferentes superhéroes de la ficción que han llenado y siguen llenando el universo colectivo. Seres humanos o sobrehumanos, con pocos escrúpulos y capaces de destrozar a los supervillanos de turno sin miramientos. Siempre en eterna lucha, consigo mismos y con los demás, normalmente solitarios. Luchas y esfuerzos que nada tienen que ver con las realidades de ser discapacitado, tener que cuidar de tres niños, perder a un amigo, cuidar de familiares enfermos, hacer la declaración de hacienda, buscar aparcamiento en la ciudad después de horas de trabajo, o pluriempleo, de no recibir más correo que facturas y publicidad de viajes que uno no puede hacer o de apartamentos que no puede comprar…
Ahora miro con ojos diferentes a los demás porque se que, quizás, bajo el disfraz de la quiosquera, del funcionario o del pescadero, se esconde un auténtico superhéroe.
Había un hombre postrado en una de esas sillas de ruedas con motor, tenía algún tipo de malformación corporal. Me dio por pensar cómo debía ser su vida, su día a día. Para mí entrar en el autobús fue cosa de subir tres escalones, validar el ticket de transporte y cruzar entre la gente hasta hacerme un hueco en un rincón. Para él subir al autobús fue el inicio de una pequeña aventura: rampa para subir, esperar que no hubiese muchos cochecitos ocupando su espacio, sentir en su ser la cortesía (o esa sensación de estar molestando) de la gente apartándose para dejarle sitio, a la hora de bajar solicitar la rampa con antelación mediante el botón correspondiente, esperar a que todo el mundo baje y maniobrar hasta fuera. Y damos gracias a que hoy en día los espacios públicos cada vez están más adaptados para los discapacitados. Ese hombre personificaba la voluntad, el esfuerzo, la humildad, la fuerza de mantenerse entero ante las contínuas miradas del resto de la gente, esas miradas desde arriba, miradas que por más tiernas que sean le subrayan su diferencia…
Había también una mujer con un niño pequeño en brazos, otro bebé en el cochecito, y una niña de unos seis años agarrada a una de sus piernas. En aquel momento estaban tranquilos, no lloraban, no tenían hambre, no tenían sed, no querían ningún juguete de un escaparate ni golosinas, una apacible calma reinaba en esa camada numerosa. En los ojos de la madre se veían noches sin dormir, cientos de desayunos, comidas y cenas a cuestas, viajes a pediatras, guarderías, compras de ropa, medicamentos, alimentos, etc. Esa mujer era la madre universal: cariño, responsabilidad, fuerza y, sobretodo, paciencia, mucha paciencia…
Junto a mi había dos jóvenes que habían subido en la parada del tanatorio. Iban vestidos de oscuro y estaban en silencio, serios. Sus rasgos faciales hacían pensar que quizás eran hermanos o primos y, por la aureola de pesar que les envolvía, seguramente venían del funeral de algún amigo o familiar. La vida seguía para ellos sintiendo que su equipo había sufrido una baja. Porque sí. Porque nos vamos yendo mientras el resto se quedan. Y la vida sigue como si nada hubiese cambiado, como si el verano, las rebajas o los puentes aéreos no guardasen duelo por nuestro ser querido. Y eso es algo incomprensible para el que sufre esa pérdida. ¿Cómo pueden seguir circulando los autobuses si acabamos de enterrar a alguien tan importante para nuestras vidas? La integridad, la serenidad, la resistencia cubrían a los presuntos hermanos.
Y entonces fue cuando me di cuenta de que estaba rodeado de auténticos superhéroes. La gente que usa sus virtudes, valores y talentos para no hundirse ante los reveses del destino o las pruebas que la vida nos hace pasar. Batman, ese héroe que se arma de capa y antifaz motivado por la venganza y el dolor que le causa el asesinato de sus padres, ya no me parecía tan fabuloso. Superman con sus poderes extraordinarios no parecía tan poderoso comparado con aquellos héroes reales que habían nacido en mi mismo planeta. Hulk, aquel personaje que adquiría su fuerza sobrehumana al entrar en contacto con la ira y la rabia, tampoco parecía un ejemplo a seguir comparado con la gente del autobús. Y así podríamos seguir repasando los diferentes superhéroes de la ficción que han llenado y siguen llenando el universo colectivo. Seres humanos o sobrehumanos, con pocos escrúpulos y capaces de destrozar a los supervillanos de turno sin miramientos. Siempre en eterna lucha, consigo mismos y con los demás, normalmente solitarios. Luchas y esfuerzos que nada tienen que ver con las realidades de ser discapacitado, tener que cuidar de tres niños, perder a un amigo, cuidar de familiares enfermos, hacer la declaración de hacienda, buscar aparcamiento en la ciudad después de horas de trabajo, o pluriempleo, de no recibir más correo que facturas y publicidad de viajes que uno no puede hacer o de apartamentos que no puede comprar…
Ahora miro con ojos diferentes a los demás porque se que, quizás, bajo el disfraz de la quiosquera, del funcionario o del pescadero, se esconde un auténtico superhéroe.
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