martes, 27 de mayo de 2008

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal



Indiana Jones 4 no defrauda. Tenemos aventuras, gags, la música de John Williams, una cuidadísima ambientación y localizaciones y vestuario que nos trasladan de nuevo al universo particular del profesor arqueólogo. Ahora bien, Steven Spielberg, como viene siendo habitual, alarga el metraje lo máximo posible (aquí se ajusta a las dos horas, aunque después de 20 años esperando que volviese Indiana Jones, no se nos hace pesado) y, al final de la aventura, sorpresa sorpresa. Algunas voces se han alzado en criticar el desenlace de la película, sin embargo, personalmente no creo que traicione en nada el espíritu de la saga ni de las películas de Spielberg.
Harrison Ford está como siempre, con su mismo repertorio de gestos y caras. Tiene unos años más pero él es Indiana Jones así que no hay más que decir. Cate Blanchet divierte en su exagerado personaje y la química entre Marion e Indi ya no es la que era. De todas formas, se hecha de menos la presencia de Marcus, el amigo y responsable del museo de las anteriores películas (el actor Delholm Elliot, fallecido en 1992), el personaje entrañable de Sallah (el contacto en los países árabes) o bien al mismísimo profesor Henry Jones (Sean Connery). Algún guiño hay en el film en honor a alguno de los mencionados pero se les echa en falta.
El guión definitivo (tras descartar varias versiones durante años, incluida una escrita por M. Night Shyamalan, el responsable de El Sexto Sentido, El Protegido, La joven del agua…) está firmado por Jeff Nathanson (Atrápame si puedes, La Terminal), David Koepp (Parque Jurásico, La Guerra de los mundos, Misión Imposible) y George Lucas (Star Wars y sus secuelas y precuelas). En realidad, las grandes producciones se pierden entre innumerables versiones de guión, borradores, reescrituras, pasan de unas manos a otras y tras múltiples revisiones acaba siendo difícil apreciar quien ha hecho qué. Aunque el final, con aires a Inteligencia Artificial y a ET, parece más bien obra de Spielberg y Lucas que cualquier otra cosa.
En definitiva, una nueva y esperada película familiar protagonizada por un héroe conocido y simpático. Entretenida y emocionante cinta de aventuras. Con polémica final pero divertida.

martes, 13 de mayo de 2008

Así debe ser amar…


Llovía. Paseando por las calles más estrechas de la ciudad llegué a un callejón sin salida.
A punto estaba de volver sobre mis pasos cuando, de una pequeña puerta, asomó un anciano que me invitaba a entrar. Como a veces la curiosidad se alía con el tiempo libre, dejé a un lado el miedo y los prejuicios y entré por la puerta.

Sin mediar palabra, el anciano me condujo hacia otra puerta que daba al jardín más hermoso que he visto. El sol abrió el cielo. En el centro del jardín junto a dos inmensos abedules, rodeados de helechos e iris violetas y amarillos, había un estanque. El anciano me hizo gestos para que mirase en el agua. Así lo hice.

Al principio no vi más que mi propio reflejo sobre las inquietas aguas del estanque. Algunas gotas se deslizaban desde las hojas de los abedules y se zambullían en el agua. No fue hasta pasados unos minutos cuando la superficie del agua se calmó y pude ver el fondo del estanque, más allá de mi reflejo. Una especie de texto poético, escrito en una bonita caligrafía dorada, llenaba el centro del estanque. Admirado por lo que se me daba a contemplar, reproduzco aquí las palabras que con gran entusiasmo memoricé para poder compartirlas con quien quisiera escucharlas:

Respiraremos y comeremos como si el aire y los alimentos fuesen materias sagradas que nos nutren y sustentan.
Escucharemos a los demás como si nos hablase el hombre más sabio del universo y sus palabras fuesen gotas de sabiduría.
Hablaremos como si supiésemos que lo que decimos es reflejo de lo que somos.
Reiremos como si sólo existiese el presente.
Bailaremos como si nadie nos estuviese mirando.
Aprenderemos todo lo que podamos como si nuestra vida fuese infinita.

Compartiremos lo que sepamos, regalando nuestro tesoro más valioso: la experiencia.
Daremos las gracias por cada suceso, cada encuentro, cada situación, como si todo fuese un viaje planeado para nuestro crecimiento interior.
Perdonaremos aquellas pequeñas cosas que nos parezcan imperfecciones de los demás,
como si nosotros mismos tampoco fuésemos perfectos y supiésemos que, tarde o temprano, necesitaremos del perdón de los demás.

Lloraremos sin empequeñecernos, saboreando el gozo de poder sentir.
Compartiremos nuestra alegría como quien sabe que si la alegría no nos inunda a todos, nunca será una alegría completa.
Perderemos, nos caeremos, erraremos las veces que haga falta sin apego al afán de perfección, porque nunca jamás fallamos en la vida,
simplemente tardamos más o menos en conseguir los objetivos que debemos alcanzar.

Viviremos con intensidad y conciencia, como si mañana no fuésemos a estar aquí. Aceptaremos la muerte con valor, como si fuese un cambio de vigilia a sueño.
Y, lo más importante de todo, amaremos como si nunca una brizna de dolor, desengaño o decepción nos hubiese tocado el corazón.
Porque el mundo que nos rodea se merece nuestro amor
y nosotros nos merecemos la máxima felicidad.
Así es como debe ser y será.


Quizás no hace falta decir que estas frases han cambiado mi vida. Cada mañana despierto consciente de que si logro cumplir con al menos una de las frases, ese día habrá valido la pena. A veces me despisto y se me olvidan… pero de repente encuentro algo, un aroma, una imagen, una canción, cualquier cosa que me hace recordar lo olvidado y seguir trabajando, con satisfacción, por vivir con la máxima felicidad. Así es como debe ser y así es.

lunes, 5 de mayo de 2008

Yo sólo hacía zapping

Un día encendí la televisión y la observé con atención, como si no la conociese.
Muchas veces se ha dicho que la televisión es una ventana abierta al mundo. Según la orientación de una ventana veremos una cosa o otra. El paisaje depende de hacia dónde estemos mirando (o hacia donde quieran que miremos). Yo me limité a ver a qué mundo me abrían una ventana. ¿Y qué vi?:
Un concurso de preguntas y respuestas que parecía ambientado en un local de estriptis. Entre la pregunta y la respuesta pasa un tiempo indefinido. Los minutos se congelan mostrando el rostro de angustia del concursante.
Una serie de dibujos animados donde el protagonista es un niño mal educado, mal hablado y peor dibujado cuya habitual ocurrencia es enseñar su culo o su pene mientras canta y ríe.
Las “apasionantes” aventuras de un funcionario marine de los estados unidos.
Suerte tuve con el telediario: pasé a tiempo de oir el aviso de que las imágenes que iban a ofrecer podían herir la sensibilidad de algunos espectadores. Desvié la mirada y me limité a escuchar la noticia. Efectivamente, yo que me tengo por sensible, sentí escalofríos sólo oyendo la noticia sobre una mujer senegalesa que se había quemado viva en el Vaticano. ¿Por qué hay que dar la noticia acompañada de la imagen de una mujer quemándose viva? Suerte que muy de vez en cuando avisan que las imágenes pueden molestar a los espectadores. ¿Que esperaban?
Lo que no me gustaría es vivir en una sociedad llena de gente que ni se inmuta al ver las imágenes de una mujer quemándose viva. ¿Por qué hay que emitir eso? Ya no hablo de la noticia. Hablo de las imágenes que la acompañan. No hablo de esos miles de noticias absurdas que llenan los informativos y cuyo único requisito para emitirse es que vienen acompañadas de imágenes violentas, espeluznantes, desagradables, etc. O todo lo contrario. Me pregunto seriamente para cuánta gente de este país es importante o relevante que haya nacido un oso panda en un zoo de EEUU o una serpiente albina en uno de Tailandia. ¿Las imágenes lo son todo? Está claro que después de los sentimientos desagradables que nos inundan tras ver a docenas de cadáveres sangrantes y con amputaciones en una fosa en Sierra Leona nos merecemos, como ciudadanos españoles y fieles telespectadores, la ternura de ver a un bebé de oso panda en un zoo de Texas comiendo bambú.
¿Por qué se empeñan en informarnos a diario del nº de muertos, asesinatos y víctimas de catástrofes? Los telediarios son sucesos y necrológicas del mundo. Es triste, deprimente y casi de mal gusto ¿Por qué no informan del número de bodas o nacimientos o de la gente que ha conseguido un trabajo ese día? O quizás de la gente que ha superado un miedo, un trauma que arrastraba desde hace años, o el número de personas que cada día sanan de alguna enfermedad. Sería todo mucho más alegre. La vida no parecería tan complicada ni temible para mucha gente. No sé, yo sólo hacía zapping.